Podría en este instante atravesar las estepas de este Julio lanzándome a la calle, donde los taxis ponen mirada de perro cazador y dejarme cazar y por el camino naufragar en algún bar donde haya un árbol con brillo de cerveza, pero mi puerta tiene voluntad de mano que se cierra porque esconde por ejemplo una joya, una esmeralda de color memoria, un sueño que se quiere defender como dos cuerpos se defienden cuando están abrazados.
Podría, ya te digo, lanzarme a la calle y no parar hasta dejarme arrastrar por unas alas que me llevaran donde tu estás. Billete de ida y vuelta. Mientras me decido, te imagino paseando a Bimba, entre perros callejeros y gentes que hablan tu mismo idioma y edificios inacabados que guardan la ilusión de un porvenir.
Me hace gracia cuando mezclas palabras de Cervantes con las de Chejov y me cuentas como van las obras de tu futura casa. ¿Todo es tan difícil ¿Verdad?. Tu enfermedad a truncado tus ilusiones, las tiene ahí, bloqueadas, como detrás de un muro que no se puede saltar.
Quien sabe lo que pasará mañana. Quien sabe. Mientras tanto pienso en el presente y tu no estás aquí, pero estás, de alguna forma estás.
Llaman disipación a la conducta de los libertinos, conducta de la persona entregada por completo a las diversiones y los placeres. Pero disipar es hacer que una cosa que está en el aire sea cada vez menos densa hasta desaparecer. Claro que nunca desaparece del todo.
Aunque la niebla se disipa y deja de verse, queda en el aire extendida. Disiparme ahí, a tu lado, significa aceptar que la materia no es siempre plomo, carne, madera. También en ocasiones roza lo invisible. Porque si la energía es masa por la velocidad de la luz al cuadrado, entonces la energía es materia también, es una forma de materia, y así las conexiones, las chispas diminutas que deben saltar en el cerebro cuando una neurona se conecta con otra, son materia también, y cuando yo te escribo y tu me lees saltan chispas microscópicas, y tu y yo nos hacemos menos densos.
Eso pensaba ayer durante la tormenta, mientras el viento entraba con violencia moviendo la cortina de la cocina. Y allí, en la terraza, mientras la lluvia mojaba mi piel nos disipábamos juntos, como en una danza primigenia que fuera a reclamar la germinación de la tierra. Y yo como un indio vestido para la ocasión estoy más unido a ti que nunca. Mientras te pienso, mientras te echo de menos, mientras te amo en la distancia, nos disipamos y desaparecemos juntos y al mismo tiempo estoy creando algo tan material y tan real que puedo tocarlo con las manos.
Verte desnuda es comprender el hueco de mis manos.
Tu decías que suspiraba y sin embargo lo que quería era retener tu aroma. No hay nada más sublime que mirar a una mujer dormida. Tu piel, luna reflejada en el agua. Y me asusta pensar que despertarás como quien raya el agua con un cristal, que un día te irás.
Es mejor un corte limpio que desvanezca mis sueños, mi deseo de estar a tu lado siempre y contarte cosas como esta he inundar tu piel de poesía.
Poesía eres tu, un corte limpio, una raya en el agua; si es que el agua es razón de la existencia.
Al actor le gustaba el jazz. Siempre que escucho una pieza de jazz me acuerdo del actor, ese fingidor que cambió la vida de mi hermana. Siempre he pensado que las mujeres sufren mas la perdida o el abandono y sin embargo se reponen antes. Mi hermana no. Cuando el actor se fue, mi hermana calló en un abismo del que no supo salir. Fue un cúmulo de cosas, pero quizá esta fue el detonante de su cuenta atrás. Ya han pasado siete años desde entonces, de aquella fatídica mañana. Aún tengo sentimientos enfrentados, una mezcla de rabia y desolación. Me haces tanta falta Yoli, tanta falta.
“Entonces tu cola se dividirá en dos y se convertirá en lo que los seres humanos llaman piernas. Pero has de saber que eso te producirá tanto dolor como si una espada recién afilada te rajase por la mitad” La pequeña sirena de Andersen. ¿Lo recuerdas? “ A cada paso que des te parecerá que pisas cuchillos afilados y que tus pies sangran.”
Yo lo recuerdo. Casi siempre en los cuentos las transformaciones se producen sin dolor, son instantáneas y completas. Pero esa cola de sirena que se resiste a dejar de serlo. Imagino que habrá habido multitud de interpretaciones sexuales para esa imagen, aunque creo que de niño no pensé en el sexo cuando escuchaba el cuento, y tampoco ahora. Pienso en el dolor de dejar de ser lo que se es, en cuanto puede durar. Una espada de dos filos nos corta y luego, a cada paso, cada vez que las piernas se separan y los pies tocan el suelo, sentir que se pisan cuchillos afilados. Nunca nos duele tanto querer a alguien.
La imagen de Andersen no deja de ser excesiva, ya sé. Nunca nos duele tanto pero nos duele. Porque un buen día hay un cuerpo a nuestro lado y comprendemos que si ese cuerpo desapareciera sería para nosotros una mutilación. Entonces damos un paso a atrás. Como somos astutos damos un paso atrás y preservamos no nuestra autonomía, no nuestra libertad, no nuestras costumbres, no todo aquello que si de verdad quisiéramos podríamos en buena parte mantener aún entregándonos del todo. No. Damos un paso atrás y lo que preservamos es nuestra cola de sirena para que no se parta, para que no nos duela al caminar.
Ese temor a que la persona amada mude su sentir. El amor quiere siempre para sí, no comparte, puede ser una forma de avaricia, posee con exclusión de los demás. Sí, pero hasta un cierto, (o peor, un incierto) punto, sobrepasado. Pasado el cual, se esta ya a la deriva.
Ya no hay razones, ya no hay porqués, ya no hay fundamentos. Me sorprende que alguien aconseje a un celoso diciendo que no tiene motivos para serlo. Naturalmente que no: Los celos son así; cuando hay motivos ya se llaman cuernos.
(Sabia yo que se me olvidaba algo:Tengo una teoría, quizá equivocada por supuesto, pero creo que todo aquel que es celoso tiene una gran imaginación, una imaginación desbordada, y por tanto, la capacidad para ver fantasmas donde no los hay. Solo necesita una excusa para enlazar.)
Este Lunes de Mayo templado y diligente, temprano y sin haber dormido. Por la cafetería cruza el buitre de los horarios laborales, entre tazas, tostadas y periódicos se discuten las ultimas noticias y el hombre que ha dormido poco se sumerge en el túnel de una nueva semana.
Deshoja el bienestar de su café, sonríe a quien le mira, se consuela porque el tiempo, la semana, los días, llevan un compás distinto, un ritmo distinto. Trabajar de noche, dormir de día. Hacer las cosas al revés de todo el mundo, desayunar he irse a la cama.
¿Y la ciudad? Abierta de luz, cuerpo tendido, ha cambiado de piel en la ventana.
Así, despacio, lentamente, abre la puerta de la habitación y los libros le sonríen como cómplices viejos. En ellos ha leído lo que siente, solo literatura descentrada. Y la prisa vertiginosa de ahí fuera, se convierte en el ritmo pausado de un caracol. Luego, al levantarse, el hombre que ha dormido poco, se mira al espejo para descubrir el enigma de sus ojos encendidos.
” No te quedes inmóvil
al borde del camino,
no congeles el júbilo,
no quieras con desgana,
no te salves ahora
ni nunca.
No te salves.
No te llenes de calma,
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo,
no dejes caer los párpados
pesados como juicios,
no te quedes sin labios,
no te duermas sin sueño,
no te pienses sin sangre,
no te juzgues sin tiempo.
Pero si,
pese a todo,
no puedes evitarlo;
y congelas el júbilo,
y quieres con desgana,
y te salvas ahora,
y te llenas de calma,
y reservas del mundo,
sólo un rincón tranquilo,
y dejas caer los párpados
pesados como juicios,
y te secas sin labios,
y te duermes sin sueño,
y te piensas sin sangre,
y te juzgas sin tiempo,
y te quedas inmóvil
al borde del camino,
y te salvas;
entonces
no te quedes conmigo. ”