
Me encanta el lenguaje de los niños, dan patadas al diccionario como nos las dan en la espinilla. El lenguaje como la vida se aprende a base de patadas, de pataleo. ¿Acaso no dan pataditas sin haber nacido? Antes de nacer ya saben que tienen que dar patadas a diestro y siniestro y a mí una patada bien dada siempre me conmueve.
La primera niñez, la época que perdemos de nuestra vida, de la que nunca nos acordamos ni sabemos nada, sólo se recupera con el hijo, con tu sobrino, con tu nieto o con el hijo de la vecina del quinto. Con ellos vuelve a vivirse. Gracias a mi sobrino vuelvo a asistir a mi propia infancia; volvemos a nuestro propio nacimiento. Y ahora en Navidad todo esto se acentúa.
El niño, su debilísimo denuedo, su crueldad de pastel, presente completo. Nunca llevamos a un niño de la mano, siempre nos lleva él a nosotros, nos trae. Aprender a dejarse llevar por el niño, confiarse a su mano. Nos lleva hasta los reinos de lo pequeño, acude a nuestra propia infancia dormida, nos mete por el sendero más estrecho, transitado solo por la hormiga, las canicas, el clavo solitario y la piedra rodadora. Ir con él por la calle, por el campo. Y nos da la medida de nuestro exilio, porque él si pertenece a los cielos viajeros, a la luz del día, al estallido de la hora, y nosotros ya no. Nosotros nos hemos distanciado con el pensamiento, la reflexión, la impaciencia y el orden. El niño que no tiene proyectos ni programas, se incorpora inmediatamente al clima, entra a formar parte de la meteorología y todo le sonríe, como dijo el poeta que los líquidos sonríen a los niños.. .
Que torpe para lo sencillo, que hábil para lo inesperado. Crueldad y ternura son en él una misma cosa, y destripa el mundo porque lo ama, y sus pasos menudos van tomando posesión del planeta con levedad y amor, porque aunque el niño apenas si le pesa a la tierra, es más de la tierra que nosotros, viajeros ya por los aires convencionales de la reflexión y el miedo. Todo lo recibe como si lo esperase desde siempre, y puede mirar a los perros y a los gatos frente a frente, lo cual nosotros no hacemos nunca. Mi sobrino pasa del sueño a la vigilia dentro de una misma palabra, sin ruptura, sin trauma, y va por la casa despertando a lo que siempre estuvo dormido, hasta que él llegó: los picaportes, los cierres de los armarios, el fondo de los jarrones y el revés de los objetos.
Hay una dimensión del hogar que solo lo descubre el niño. De la persona descomunal que le toma en brazos, sólo le interesa un botón determinado. Del mar solo le interesa una concha. Sabe reducir lo enorme a su medida, compendiar el mundo y entenderse con lo inmenso mediante lo pequeño. Por la noche entra en el sueño como en una fruta viva. Cualquier postura es buena, y el dormir le sorprende siempre yendo hacer algo, en ademán de tirarle a la luz de su túnica o apresar el agua por la garganta. Pronto descubrirá lo que se puede hacer con las palabras. Las letras, el alfabeto, la escala de las vocales, el niño a la sombra de sus padres, pájaro ligero por el árbol de la gramática. Salta, va, viene, se equivoca de rama, vuelve a saltar, dice la a, la e, rie con la i, se asusta con la u, vive. Por ahí empieza la historia, empieza la cultura, el mundo de los hombres, ese juego largo que hemos inventado para aplazar la muerte. Las letras, insectos simpáticos y tenaces, juegan con mi sobrino como hormigas difíciles. Es el paleontólogo ingenuo de nuestro mundo de jeroglíficos. Somos sus antepasados remotos, esfinges egipcias, dioses griegos, estatuas etruscas, dialectos nubios.
El otro día en el Carrefour desmoronando la torre de naranjas; entre los fuegos quietos de la fruta, que le abrasa de verdades, de rojos, de malvas, de amarillos. Él, fruta que habla, calabaza que vive. Y grita, chilla, ríe, lleno de pronto de parientes naturales, primo de los melocotones, hermano de los tomates, con momentos de hortaliza y momentos de exquisita fruta tropical. Es como si le hubiéramos traído a una casa de mucha familia, a un hogar con muchos niños. Como cuando se reencuentra con la hueste ruidosa de los primos. Y corre entre las frutas, entre los niños, entre los primos, entre los albaricoques…
Dibuja mi sobrino, escribe, hace sus primeras letras, hace su cuatro, su alfabeto, sus fieras. Mi sobrino es un albaricoque sin madurar y toda mi infancia vuelve a mirarse en su pizarra. Viene de la hortaliza y va al concepto. No sabe aún mi sobrino cuanto cuesta volver a reconquistar las cosas, que el idioma sea otra vez voluptuosidad, descubrimiento, fruta y no diccionario…
patadas en la espinilla.