
Buena hora para escribir y dejarme llevar por la constancia de un picoteo, teclear y que me lleven los dedos donde quieran, golpes el las falanges, golpes en la yemas de los dedos, dedos de piel, dedos de hueso. El hueso, donde el amor no llega, dijo el poeta. A golpe de tecla recupero este reducto olvidado, este oasis inconsciente. ¿Y que le sobra a este, (a ese) cuerpo prestado, ¿ilusión?. Palabras, sólo palabras le sobran. Letras de un teclado golpeado, idealización de la escritura. Un espejismo Mar, un espejismo.
Algo intangible, impalpable, etéreo, sutil. Al final, tan sólo, golpes en las yemas de los dedos. Golpes que claman, que se duelen por llegar a algún sitio. Inútil labor.
Al hueso no llega nada. Ni el amor, ni la belleza, ni el pensamiento, ni la emoción. Al hueso solo llegan los golpes. Somos una obra de albañilería, una chapuza cósmica, y parece que diversos gremios han trabajado en nosotros. Estamos alicatados y barnizados como una imagen antigua o un piso moderno. En cuanto me observo un poco (hay que partir del cuerpo más que del alma para reflexionar, aconsejaba Nietzsche) caigo en la cuenta que unos albañiles, fresadores, mecánicos, pintores, electricistas y carpinteros han trabajado en mí. Todavía puedo seguir el rastro de esa tropa laboral y alegre que me hizo. No sé si fueron mis padres los arquitectos. Pero no; peritos electricistas de mono azul terminaron todos los empalmes de mi cerebro. Ebanistas de fina gubia modelaron mis pies. Leñadores expertos me hicieron las uñas y escayolistas delicados me compusieron el esqueleto. Somos una albañilería inspirada. Una albañilería divina diría el místico o el creyente. Pero eso ya es pasarse. No se trata de vestir a Dios de albañil, sino de comprender que los más viejos y nobles oficios tienen su modelo y origen en la naturaleza misma, y que el hombre si no es la medida de todas las cosas, es al menos una maqueta bien intencionada del universo. Como toda obra de albañilería tenemos nuestros cimientos, los hay morales, éticos, emocionales. Valores intangibles que cuando te das la vuelta se desploman sobre nosotros como a quien se le cae la casa encima.
Pero a nosotros lo que nos mantiene en pie es nuestro esqueleto. Hablemos del esqueleto. De mí esqueleto, que es el que mejor conozco y aún así no lo conozco nada, pues el esqueleto es el gran desconocido. “el muerto que seré se asombra de estar vivo” escribió un poeta francés. “Que vocación de muerto es mi esqueleto” entreve un poeta español. Si los filósofos nos han hablado siempre del alma, los poetas han preferido hablar del cuerpo, y por eso han acertado más. El alma es la paloma loca que vuela por los ramajes del esqueleto, que va de un palo a otro, perseguida por los metafísicos bujarrones. Más amo a un árbol que a un hombre escribió Beethoven (yo que no entiendo de música esta frase es lo único que entiendo de Beethoven) Más amo aun cuerpo que a un alma. El alma es una diadema que nunca vemos (quizá porque la llevamos en la frente) y el cuerpo es uno mismo en cambio. Pero parejo al cuerpo hay otro señor, el esqueleto que vive su vida y no está muerto, ni mucho menos. Se lo que le gusta a mi cuerpo, pero no sé lo que le gusta a mi esqueleto, y querría saberlo para darle gusto de vez en cuando. ¿Es deportista, es intelectual, quiere esqueletos de mujer adolescente, le gusta leer o jugar a la gallinita ciega? Del cuerpo sabemos poco, pero del esqueleto, como individuo, no sabemos nada.
Desde que se hacen radiografías el esqueleto ha aprendido a posar y uno sale de la clínica con la tranquilidad de saber que tiene un esqueleto, un armazón, algo sólido por dentro, pues siempre nos habíamos sospechado desmedulados y desvertebrados. El cuerpo despierta al beso y a la caricia. El esqueleto solo despierta al golpe, lo que nos hace sospechar que nuestro cuerpo es hedonista, epicureísta, un poco panteísta (un pagano mutilado diría Cioran), comprensivo, tolerante, pacifista y terrenal, nuestro esqueleto seguramente es un tío asceta y antipático, un ermitaño, un solitario, un contemplativo, un místico sin tentaciones, que se pasa el día rezando entre dientes (para eso tiene dientes) lo que nosotros no rezamos. Al momento de darte un golpe comprendes que llevas por dentro una dureza inhumana, y lo que más desconcierta de los golpes no es la contusión, sino la conciencia repentina de ser uno tan duro, tan inflexible, tan terco fisiológicamente. No somos una unidad, ni siquiera una unidad política, porque la carne tolerante lleva por dentro un esqueleto intransigente, un tío integrista que está siempre firme. Lo que caracteriza al esqueleto, en un primer esbozo de psicología esquelética, es el no dar su brazo de hueso a torcer, la intransigencia, la intolerancia. Se dobla por aquí o por allá, mediante un mecanismo de locomotora, pero no le pidas que se doble por otro sitio, porque se rompe. El esqueleto es algún antepasado nuestro que llevamos dentro, y cuando vemos una radiografía de nuestro esqueleto pensamos en como se parece al abuelo, pues del abuelo solo recordamos el día que le cambiaron de sepultura y hubo de trasladar sus restos, puro hueso.
Llevamos dentro al antepasado no sólo en el alma, como han visto ya los pensadores, sino también en el cuerpo, físicamente. Y el antepasado se aburre, y él es quien se avergüenza de nuestros devaneos, y no toma alcohol ni lee el periódico. Quisiera ir a la guerra, en todo caso, pues para eso es tan duro, tan firme. El esqueleto es un poco militar, siempre, y lo hemos convertido en un militar retirado que toma café, se retrepa en los divanes, lee libros y pierde el tiempo con mujeres. Sólo los contorsionistas han conseguido una cultura de su esqueleto, pero es, evidentemente, una cultura circense y elemental. Dicen por ahí que la elegancia es cuestión de esqueleto. Cierto, la función más noble del esqueleto es la de percha. Sólo así se redime un poco. Se vaporará mi carne y quedará el esqueleto, el antepasado, ese que ya no soy yo. La carne es actualidad y el esqueleto es eternidad. ¿Qué es la eternidad? Cal y fosfato. Luego los huesos también se deshacen y se pierden. El antepasado, que era muy ordenado, no puede soportar que se le pierda un hueso. Pero yo (¿quién?)… me alegro.



