Julio 23, 2007...5:56 pm

La zarigüeya de Virginia

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Que no soy playero no es ningún descubrimiento. En mis sueños las playas son blancas, interminables, de aguas limpias y turquesas, y absolutamente solitarias. No sé de donde he sacado esa imagen, por completo irreal, el caso es que yo sueño con playas así.

 

              Pero la verdad es que las playas suelen ser más bien de color albero tirando a café con leche u alquitrán, más cortas que las mangas de un tanga, y tan abarrotadas como el metro en hora punta. La playa es uno de los más claros ejemplos de hacinamiento que uno puede recordar.

 

          Cuando uno va a la playa, uno se acuerda de la zarigüeya de Virginia, que tiene trece tetas, pero que, cuando le da por parir, siempre tiene más crías que tetas, de modo que sólo sobreviven los retoños que logran alcanzar una teta con la suficiente regularidad como para no perecer de inanición. De igual forma, tal y como le ocurre a la zarigüeya de Virginia con sus apéndices mamatorios, (que no amatorios) las playas de aquí y de allí y de más allá, sólo tienen sitio para un número determinado de personillas, muy inferior al que cotidianamente se plantea asaltarlas y encontrar un hueco armados con la sombrilla, cremas de sol que acaban churreteadas por la arena, engendros inflables, que esa es otra, que abultan casi igual que el trastero de la abuela, bocatas de chistorra, toallas robadas hace dos veranos en algún hotel de la Manga, radio sumergible que al final resulta que no aguanta ni las salpicaduras del pelo de la maciza de al lado, nevera portátil rebosante de cerveza caliente, sillas y mesas plegables de rayón… etece, etece. O sea que si las playas tiene capacidad para, diez millones de personillas, al final son veinte millones los que en vacaciones tratan de encontrar un sitio en ellas cada mañana.

 

             Hay un experimento clásico del psicólogo John B. Calhoun, sobre el hacinamiento. El tipo montó un recinto cerrado y dejó que una comunidad de ratas, a las que no les faltaba el alimento, se reprodujesen hasta que la densidad de población fue peligrosa. Lo que pasó es que, cuando aquél montón de ratas ya no cabían desarrollaron comportamientos insólitos: muchas madres lactantes abandonaban a sus crías, que al poco morían. El que pasaba cerca devoraba los cadáveres de los recién nacidos. Las hembras en celo eran perseguidas de forma despiadada no por un macho, sino por todos, y no tenían posibilidad de escapar o de ocultarse. Además de una larga serie de trágicos desastres como el las playas. En las playas ocurre más o menos lo mismo que con aquellas ratas. El hacinamiento logra que las madres dejen a sus hijos a su aire, y entre el calor, la falta de espacio y de aire, el pelma del marido, la cantidad de tías buenas que les hacen la competencia a las señoras. Llega un momento en que les da igual si se les ahoga un crío o si a su esposo lo abduce una clónica de Anne Igartiburu.

A mí no me va el hacinamiento. Por eso no voy a la playa ni cuando estoy cerca de ella. Así que sigo en Madrid, achicharrado en plena sequía, despotricando contra el anticiclón de las Azores y deseando volver a Edimburgo para que me llueva a mares.

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