Febrero 28, 2008...11:08 am

La tentativa de lo imposible

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(René Magritte, La Tentativa de lo Imposible, 1928, Galería Isy-Brachot, Bruselas, Paris) 

        Conticuere omnes: Callaron todos: es el inicio de la Eneida de  Virgilio y yo voy a ser el Eneas que rompe el silencio para seguir contando las calamidades de Troya, nuestras calamidades de esta cansada historia de pobres amantes engañados por pobres amantes engañados. Quizá me dirija a Dido que ya ha dejado de ser la bella reina de Cartago, enamorada de Eneas para decirle que todo amor es solo una idea, una quimera, y que quejarse de no saber esto, es ser mas duro que el mármol de mollera, que diría Garcilaso. Dante al igual que Petrarca, Garcilaso y los románticos, nos están diciendo con bellas imágenes que la ilusión siempre es superior a la concreción de esa ilusión, el sueño a la realidad material. Recordando a Bécquer: Tres tipos de mujer: la rubia que le brinda un tesoro de ternura, la morena ardiente que le promete mil placeres, y la que es “un sueño, un imposible”. ¿Con cual se queda?: Con el fantasma que no le puede amar porque no tiene realidad corpórea. Vano fantasma de sombra y luz.

            Esa contradicción entre el atractivo que ejerce lo conocido y aquello que no hemos podido alcanzar, se manifiesta en toda la literatura: lo prohibido, lo inaccesible, lo misterioso se ha convertido en uno de los temas recurrentes de toda la literatura amorosa, además de pretexto indispensable para la aventura en un sentido más amplio. Si yo estuviera en la caverna platónica estaría de “mil amores” y la psicología no me daría plazos para abandonarla: “Dos años es la media para abandonar el sentimiento de amar a otro”. Quiero decir que la bella Beatriz de Dante o la Hermosa Laura de Petrarca solo fueron ideas, pretextos poéticos, tan irreales como la Dulcinea de Don Quijote. A la mayoría les parece patológico las conductas de quienes se mueven de esta manera; he leído por ahí: “En Psicología no se miran sólo los síntomas para diagnosticar una patología, sino que tiene que darse un supuesto más importante: que se dé una conducta que altere la capacidad de llevar una vida normal, sana, o feliz.” Y esas pautas, los parámetros estandarizados son las que marcan las conductas “sanas” en el desvivirse por el desamor y abandonarse a la tristeza. Nadie en su sano juicio se abandona al sufrimiento por un amor que ha acabado hace diez años, eso dirían los psicoanalistas. De acuerdo. Pero no olvidemos que eso responde a una tradición que no sólo se aplica al amor, sino a cualquier clase de conocimiento o experiencia. Y volviendo a la caverna platónica en la que lo que vemos es una realidad infinitamente más perfecta.

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 (Jean-León Gérôme, Pigmalion y Galatea c. 1890, Museo Metropolitano de Arte, Nueva York). 

      Cualquier concreción de la idea, siempre adquirirá las taras de la materia. También el ser amado. Ya sé que todo esto está muy bien para recrear unas conductas que parecen poco ortodoxas, pero convendremos que, como en la fábula de Pigmalión y Galatea, el escultor da forma a una imagen de la que se acaba enamorando, y que terminará por cobrar vida, y al igual que Pigmalión se enamora de la escultura que él a creado, todo enamorado o enamorada, se enamora no tanto de la realidad de su pareja, como de la idea que ellos mismos han creado de la misma. En definitiva, la palabra poesía viene de poiesis, creación. Y en ese sentido creo que el amor es una creación individual, lejos de otras connotaciones exteriores. Lo que hace triunfar a Orfeo sobre el mundo de los muertos no es su lira, sino el amor cantado hacia Eurídice, y también lo que le hace fracasar es no saber contener ese amor. Recordando la historia, Eurídice creo que fue mordida por una serpiente y como consecuencia de ello, muere. Orfeo consigue descender a la Mansión de los muertos para rescatarla, pero sus ansias amorosas le impiden cumplir el compromiso: no mirar hacia atrás hasta estar en el reino de los vivos.

             Cuando Orfeo se vuelve para contemplar a su amada, la pierde para siempre. Amor y muerte otra vez unidos como en el Decamerón: los diez jóvenes luchan contra la peste que asola Florencia, con galanterías y contando historias entre las cuales las amorosas cobran especial protagonismo. Algo así como lo que hacemos los que escribimos: tratar de luchar contra la muerte contando historias y quizá los enamorados o los amantes tratan que el amor que sienten por otra persona no se agote por lo mismo.

(Resulta inutil insistir en las estrategias de dominio masculinas que supone estas búsquedas de la mujer perfecta.)
Una curiosidad: La aberración sexual de enamorarse de una estatua se denomina ‘agalmatofilia’

 

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