Septiembre 20, 2009...9:52 am

Nudo en la garganta

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Hay días en que llevo a alguien aferrado a mi garganta. Me levanto con un desconocido aferrado a mi garganta. ¿Desconocido? No sé. Alguien que entra por la noche, por la ventana cerrada, por el techo, o sale de debajo de la cama, donde ha vivido meses comiendo queso y esperando su oportunidad.

No sé, puede que sea aquel novio airado y burlado que me cogió una vez por la garganta para estrangularme, hace muchos años. Puede que sea aquel compañero de colegio que se irritó por un comentario mio y se me arrojó a la garganta, en aquel parque. Puede que sean alguno de aquellos a los que he defraudado. Puede que sea Lucas que viene con sus uñas de gato a recordarme que no pude hacer nada por él cuando cayó por la ventana.

Estos días ando un poco abstraído, expectante sin esperar nada o esperando a que lo que siento ahora se desvanezca. El tiempo, ese aliado, hará todo lo demás. Y mientras tanto alguien me tiene sujeto toda la noche, y yo me doy cuenta pero no quiero despertarme, porque si te despiertas ya te han cazado. Si me despierto ya me han cazado, me digo en sueños.

Me hago el dormido estando realmente dormido, porque pienso que mi sueño me protege. Si es un asesino que viene de mi vida, mal puede cazarme en mi sueño. No es un mal razonamiento, al fin y al cabo. De la misma manera, un asesino de mis sueños, alguien que viva en mi sueño, nada puede hacerme cuando estoy despierto. La simetría de estos pensamientos me tranquiliza mucho, pero el personaje, el desconocido, el gato o todas las equivocaciones que he cometido, siguen aferrados a mi garganta y por la mañana digo que es afonía, para disimular el estrangulamiento de la voz, pero sé que llevo a alguien montado a mi espalda, aferrandome la garganta por detrás, apretando, dándome de comer cristalitos de tapia, números oxidados de reloj de iglesía, clavos de ferretería que cerraron hace mucho por defunción.

No me miro en los escaparates ni en los espejos por no asomarme a ver que pasa. Solo me miro de reojo en los cristales de los coches. ¿Hay un bulto a mi espalda? El viento me abullona la ropa, de modo que no lo sé.

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