Octubre 27, 2009...7:20 pm

El tiempo perdido

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hotel patones

Hay días en los que prácticamente nadie sabe donde estoy, aunque tampoco es que le importe a mucha gente, y me siento como pájaro cautivo que, por fin, logra evadirse de su jaulita, aún a pesar de los múltiples peligros que puedan salirle al paso tras el abandono de su rutinaria existencia domestica.

Hoy he vuelto solo como tantas otras veces, aunque también he venido acompañado de otras personas que han tenido mucha relevancia en mi vida y que ahora no están Y, no sé, que podría pasar si este día se prolongara todo el año, cómo sería tanta libertad que se apodera de mí (que contrasentido), desde el instante mismo en que pongo los pies en sus calles empedradas y todo el perfume de la sierra se me adentra en la nariz, cómo sería.

Porque no hay que hacerse ilusiones, tal vez toda esta como expansión del espíritu se deba, simplemente, al carácter de paréntesis que tienen esos días en los que no hago nada, este, estar por fin, vacante, sin pantallas ni conversaciones anodinas ni esfuerzos desproporcionados y nadie indagando ni en quién eres ni en lo que puedes hacer ni en lo que has hecho ni en lo que conviene que hagas, ser sólo turista, carne de anonimato, pagar, y ya está, ni saludos ni besuqueos ni cumplir ni no cumplir, y lo mismo te pasas el santo día mirándote un pie (y esto lo digo en homenaje, tardío como todos los homenajes, a Ana Maria Matute), que te da por deambular sin rumbo o por adormecerte a la sombra de un palmito, sagrada pereza, cuanta razón le asistía a Cioran al alabarla, aquí, entre esas montañas que el viento azota sin descanso, creí comprender, a ese rumano disparatado con frescura irrepetible, como pasó con Valle y su maravillosa lámpara, aquí he creído comprender y eso es algo que no ocurre en todos los lugares porque con independencia de donde se haya nacido, hay seres que están destinados a otro ámbito, destinados en el sentido más fatal, que no trágico, destinados como si una atracción irresistible les convocara a una ceremonia desconocida y, no obstante, nada está escrito, es el imán de la tierra (que donde la tierra a desaparecido no puede haber imán) y, desde ese punto de vista, resultan atinados aquí esos versos de Lorca, “ que yo no tengo la culpa,/ que la culpa es de la tierra”, pero sólo desde ese punto de vista, no como justificación de cualquier acto. Que yo no tengo la culpa de que mi destino sea este, que voy labrando poco a poco, esta burbuja de soledad, tristeza y abandono, este creerme desposeído, despojado de las mieles de la vida que me hace escribir con desencanto.

Y aquí es como si la mente se me esponjara y, aunque me cueste admitirlo, que la vanidad es mucha y la mies escasa, tengo que reconocer que siento cierta repugnancia por esa tendencia sofocante que me acerca hacía el lado más oscuro de las cosas, como si solamente desde la desgracia fuera viable eso que se llama literatura, como si ciertamente la felicidad fuera un cuento de hadas, una ficción, ficción en la más rastrera de sus acepciones, una idea de tan poca entidad que ni siquiera merecería la pena hacerla emerger, indagarla, encumbrarla, por qué será que la felicidad está adornada con ese halo de ñoñez, por qué tiene forzosamente que ser patrimonio de los poetas cursis, por qué el pensamiento profundo ha abandonado “el viejo sueño de ser buenos y felices”, será como el propio Gil de Biedma escribe en el ensayo sobre su antiguo comercio con los héroes, que “el hombre se venga de sus sueños corrompiéndolos”, que manera tan afortunada de decir, no sé cuántas veces me ha martilleado esa frase, cuantas veces la habré escrito entre comillas sin envidia de no haberla escrito yo, con admiración sincera, como pretendiendo que todo el mundo debiera conocer ese punto final que es todo un universo y que quizá Bernhard no fue capaz de poner nunca en palabras, por más que la idea le rondara la cabeza mientras contemplaba el espectáculo desde su sillón de orejas. Leemos a Nietzshe y lo citamos con desparpajo, lo citamos de una manera o de otra, según la traducción, y no nos damos cuenta de que a menudo lo mejor está mucho más cerca, tan cerca que hemos perdido la capacidad de encontrarlo porque, a fuerza de querer ver lejos, nos hemos quedado ciegos, más ciegos que las piedras, estas piedras que en este lugar siento vivas y que en Madrid no viven de ninguna manera porque la piedra más evidente que conozco (y nunca la he tocado, ahora que caigo) es la de la Puerta de Alcalá. Estas piedras que pasan del calor al frío con una naturalidad tan extraña que no puedo dudar de la fuerza que empuja su vida interior, ya quisiera el místico parecerse a ellas.

En fin, con una cerveza o un vino incitando y sin ningún deber de por medio es fácil, delicioso casi, entregarse a cualquier divagación sin necesidad de comprometerse con la forma, y mucho menos con el fondo. Noto el vaivén de las hojas que se arremolinan en mis tímpanos y todas las músicas me sobran y comprendo perfectamente que cuando la gente se levanta por la mañana en este lugar, acunadas por este ritmo y el griterío atolondrado de las cornejas o grajos, que de las dos formas se llaman, no tengan ninguna nostalgia de eso que llamamos arte. Aquí, el único arte que se conoce es el de perder el tiempo. Ver sentarse en una terraza a un hombre que habla con una mujer, escucharlos y dilucidar su pasado, su circunstancia, sus anhelos, sus sueños truncados.

Y yo puedo advertir la instantánea sobre la silla de madera, la silla de siempre en la terraza del Mesón del Poleo, que quizá cuando vuelva no estará y que, menos mal, Mansanet retuvo en un cuadro muy parecido a este que voy dibujando. Puedo observar, testigo mudo, como se dice, sin que nadie me pregunte, sin tener que rendir cuentas, sólo pagar la cerveza o el vino y ya, sin pensar todavía en que este día acabará pronto y tendré que volver para conservar ¿Durante cuanto tiempo?, esta dulce y terrible añoranza de aquí, porque no veo de qué manera me las ingeniaría yo, para hacer de este día todo el año y cada año todos los años y todos los años una existencia. Total, un segundo, una milésima, nada, entre las ruinas de mi inteligencia.

(Hotel El tiempo Perdido, Patones Madrid)

(Patones net)

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