Hoy voy a contar un cuento. Algo que sucede más a menudo de lo que pensamos. Es la historia de Patricia, una chica dinámica, viva, alegre, libre y liberal, no deja a ninguno de los hombres que se cruzan en su camino la más remota oportunidad de adueñarse de su corazón. Un día en una reunión de amigos le presentan a André y Patricia le comenta a una amiga: “Con este me acostaré”. Nada más. un presentimiento. André es francés y se vuelven a ver en Paris y es el flechazo reciproco, intenso. Un rayo en el cielo de la capital francesa. El nacimiento de un amor loco. No pueden prescindir el uno del otro. Cada cinco minutos se llaman por teléfono. Cuando André tiene que ir a Estados Unidos, se la lleva por miedo a no “encontrarla a la vuelta”. Durante siete años se reúnen cada noche en el apartamento de Patricia, en el barrio bohemio de Montmartre, cerca del Sagrado Corazón. Siete años de pasión; siete años durante los cuales, André es la vida de Patricia. Pero un día a la vuelta de un viaje al sur de Francia, Patricia encuentra el piso vacío: André se ha ido. Llama a un amigo común: “Te está poniendo los cuernos”, le dice sin rodeos. Aquel día la felicidad le dio un portazo en el corazón. Su vida se detiene mientras André intenta convencerla de que “nada nunca se acaba”.
Hospitales, psiquiatras, antidepresores, ansiolíticos, somníferos, pastillas de todos los colores…. Nada consigue borrar de su mente la película tecnicolor de aquellos siete años. Quiere dormir, dormir para siempre. Sobredosis deliberada de barbitúricos. Pero los cancerberos no le abren la puerta de los limbos adonde van a parar las almas de los amantes rechazados. No muere, tampoco vive. Una frase, una sola frase ronda en su cabeza: “Nada nunca se acaba”.
Se acuerda de las primeras Navidades que pasó con André, hace ya tanto tiempo. Es la fijación. Sabe que nunca jamás volverán a vivir juntos. Pero quiere estar con él en Navidad, todos los años hasta su muerte. André se lo promete. Y cumple con su promesa. Le dedica tres días al año, entre el 23 y 26 de Diciembre. Estos tres días son la única razón de ser. Los 362 restantes, (363 en los años bisiestos), Patricia llora, llora, llora, de día y de noche. Cada año cuando se acercan las Navidades, la angustia le aprieta el corazón. Para no fijarse en el lento transcurrir de los días, para no morirse de impaciencia, toma pastillas, más pastillas, y duerme, duerme, duerme. Está dispuesta a todo, a las peores humillaciones, a los peores chantajes, para que André esté con ella el día de Navidad. Los amigos en común siempre recuerdan a André su promesa, para que nunca, nunca, la abandone en Navidad. Y nunca la abandona.
Desde su ruptura con André, Patricia a conocido a otros hombres, otros cuerpos, fantasmas irrelevantes que pasan sin curar la herida abierta de su corazón. Patricia ya no quiere amar, ya no sabe. Renuncio a su propia vida para vivir la del que le destrozó para siempre el corazón. Sin él y sin los tres días que le dedica al año, su vida no tendría ningún sentido. Cada mañana, cada noche, desde hace más de veinte años, toma medicinas para vivir y para dormir. Su cara hinchada, su voz irreal, su mirada fija de sonámbula son los signos exteriores de su muerte interior. Una vez al año resucita y entonces su rostro apagado se ilumina:
“Tres días al año es lo que me da. Del 23 al 26 de Diciembre. Ya eché las cuentas: si me quedan diez años de vida, son treinta días. Treinta Navidades sumándolas, no está tan mal. Da igual, sólo viviré tres días al año, pero es una eternidad. Mi eternidad”.